Mendoza. El Sindicato de Ladrilleros busca soluciones para 3.000 trabajadores

La hora de los hornos

Por María Eva Guevara
09.10.2013
     

Las viejas formas de vida asociadas al horno ladrillero se están desestimando por insalubres y además por agresivas contra el medio ambiente. El gremio que nuclea a los obreros del sector llega con alternativas de economía social. Busca erradicar el trabajo infantil.

Hay que estar cual cortador ladrillero en el barro del pisadero con frío, humedad o lluvia, o bien, en el aire lleno de polvo, preparando el horno o apilando lo seco bajo el implacable sol mendocino. Son jornadas largas, desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde, porque si no, el trabajo no rinde, dicen los entendidos que son a su vez quienes fomentan el circuito de la industria ladrillera al abrigo de pautas que vienen de hace más de 80 años.

Es notable cómo del esfuerzo físico a un ritmo tan preciso como exigente de estas personas deriva una producción sostenida de miles y miles de ladrillos que son los que demandan los corralones para hacer posible nada menos que la construcción de todas las casas ya construidas y las que se están por construir.

No son argentinos sino bolivianos los que están ahí, en la faena, eso es obvio y constituye otro motivo de contraste notable ya que mientras el marco histórico nacional y la situación social indica que hay una legalidad y el que es obrero no sólo conoce sus derechos sino que además los hace valer, el inmigrante boliviano se concentra en producir y trabajar sin preocuparse ni ocuparse de esos mismos derechos.

Según la arquitecta Liliana Pirrello, asesora de la Municipalidad de Las Heras en el área de Ordenamiento Urbano pero también parte del nuevo equipo conformado tras la llegada de Luis Cáceres a la Unión Obrera Ladrillera de la República Argentina, “hay que tener en cuenta que las personas que trabajan en los hornos ladrilleros llegan ahí al cabo de toda una historia que es la misma de tantos que han venido al país clandestinamente, sin documentación, de ahí el temor de estar registrados en algo, es decir, la tendencia a manejarse por fuera de cualquier estructura y refugiarse en definitiva en la informalidad, aunque eso no quiere decir que no sea el momento de cambiar ya la forma de pensar, de hecho, ya son mayoría los que decidieron radicarse y algunos han empezado a comprar la tierra con la idea de construir su casa definitiva, lo cual nos obliga a definir esta etapa como de transición”.

Por su parte, Esteban Alaniz, nuevo delegado normalizador de UOLRA, entidad que acaba de abrir su sede en El Borbollón, hizo hincapié en que “esta etapa de transición que vive el sector la tenemos que afrontar con organizaciones surgidas de abajo hacia arriba, dándole un nuevo y específico sentido a la cuestión sindical como algo que les da fortaleza y representatividad a todos los que trabajan en función del ladrillo”.

Hablamos de un sector donde el 90% de los trabajadores está en negro, o sea en el mercado informal, con lo cual el sindicato, en rigor, tiene muy poco margen de acción. Para tener una idea, de entre más de 300 hornos ladrilleros sólo dos se han constituido como empresa propietaria y entre 15 que son dueños de una superficie de terreno destinada a la producción, únicamente 6 se encuentren formalizados.

El compromiso de Alaniz es trabajar con todos y de ahí la apertura de un local en plena zona ladrillera que es la cuarta de producción en el país, detrás de Buenos Aires, Córdoba y Rosario. Son muchas las carencias y los conflictos que hay en torno al funcionamiento de los hornos ladrilleros ya que en principio están cuestionados por el daño ambiental que producen –la erosión del suelo y la contaminación del aire– pero detrás de cada uno hay toda una economía de subsistencia en riesgo.

Si se toma la cuenta de 300 hornos instalados a lo largo del distrito El Algarrobal, se estima que el sustento de por lo menos 6 mil personas depende del ejercicio de esta actividad. Lo que sobrevuela como única posible opción es una suerte de reconversión, esto es, un cambio de los valores culturales precedentes donde no sólo se hagan valer los derechos laborales sino que también se puedan cumplir las normativas ambientales. En algún sentido esto implica una suerte de revolución industrial con toda la perplejidad que supone ya que al menos hasta ahora no hay un futuro reconocible para los hornos, si bien se ha empezado a hablar de reemplazar con gas la quema descontrolada de leña, hay quienes sostienen que ya no estarnos hablando del mismo tipo de ladrillo que se demanda sino de otro producto muy diferente.

Quizá lo más claro hasta ahora es el tema de la recomposición del suelo socavado ya que algunos han comenzado a armar sobre “canchas” los ladrillos a cortar, esto es, acarrean la tierra que traen de otro lugar y la colocan a ras del suelo, es más, también han empezado a levantar algunos niveles, aunque una simple mirada de constatación revela que la degradación ha sido salvaje, con bajadas que van de entre 1 a 5 metros de profundidad.

Tal como explica Liliana Pirrello, toda la zona es apta para cultivo y cuenta con una importante infraestructura de canales y acequias para desarrollarlos con óptimos resultados. De hecho hay un importante proyecto denominado “Parque Costero Tomero Isgró” que comprende toda el eje costero del canal Cacique Guaymallén, su margen norte y el área de influencia hasta la calle Pascual Segura, o sea, triángulo o franja donde se ha de preservar tanto el agua como el suelo cultivable, el cual no sólo se ve afectado por las ladrilleras sino también por la presión urbanística, no son pocos los cultivos que han sido arrasados por el crecimiento de los barrios”, señala.

Es interesante destacar la historia del lugar para sacar algunas conclusiones válidas para las disyuntivas del presente. El tema de la degradación del suelo y la contaminación del aire sin control por parte del Estado no fue sino el capítulo que siguió a las malas políticas económicas. Hasta antes de la crisis por la caída del grupo Greco, toda la zona estaba repleta de viñedos, después las producciones fueron quedando, no se cosechaba ni se trabajaba. Toda la zona era una postal del abandono y entonces vino lo que era de esperar, en la búsqueda de alternativas aparecieron los hornos ladrilleros como actividad económica en reemplazo del agro.

Hoy todo esto tiene que volver a ser pensado, más allá del interés de algunos actores de la cadena de valor del ladrillo que muy probablemente no estén interesados en que se visualice la rentabilidad de los negocios o que se sepa con exactitud cuánto es que factura la gente que se dedica a esta actividad. Hasta el momento lo que sí ha sido precisado es la existencia de una preocupante combinación de degradación ambiental con degradación física.

Existen abundantes estudios al respecto, el último de ellos lo dio a conocer UNICEF a finales de 2012 poniendo especial foco de atención en la salud de niños y adolescentes. La investigación advierte que si bien no hay problemas de escolarización, entre el 25 y el 30 por ciento de los niños y adolescentes, cuyas edades oscilan entre los 5 y los 15 años, trabajan en los hornos de ladrillo, lo cual trae consecuencias que no pueden pasar desapercibidas. En primer lugar, al ser tareas esforzadas y pesadas bajo condiciones climáticas extremas, según los docentes de las cuatro escuelas primarias de la zona, los chicos tienen síntomas de fatiga, falta de concentración, además de severos problemas de aprendizaje. De acuerdo con este mismo relevamiento, hablamos de tareas tales como ordenar pilas de ladrillos, cargar carretillas con barro, cortar moldes, transportar ladrillos hasta los camiones y luego cargarlos con los productos, así como también mantener vivo el fuego con leña y distintos combustibles.

En segundo lugar está el dato más alarmante proporcionado por los médicos de los centros de salud. Según estos profesionales, si bien no se registran accidentes laborales en los chicos, sí es altísima la cantidad de pacientes infantiles que presentan afecciones respiratorias, problemas dermatológicos y oftalmológicos además de severos dolores traumatológicos.

Estos problemas, a sólo 10 kilómetros de la ciudad capital de Mendoza, no suelen ser muy visibles, y lo que es peor suelen ser mirados con una alta carga de prejuicio ya que no pasa por pensar que todos los padres descuidan a sus hijos, la situación es por demás compleja. Varios mendocinos se sorprenderían al saber que una importante cantidad de bolivianos vinculados a la industria ladrillera cursa regularmente en las universidades de la provincia y que esto tiene que ver con que cada vez más los adultos de entre 40 y 50 años empiezan a plantearse que no quieren que sus hijos se dediquen al mismo trabajo, o al menos esperan que lo hagan en mejores condiciones a las que actualmente ellos están sujetos.

Según explicó Alaniz a Veintitrés, hay datos que por ahí se escapan a la comprensión del común de la sociedad y que sin embargo tienen una relevancia fundamental. Es el caso del impacto de las políticas en Bolivia del presidente Evo Morales: “En adelante, ellos saben que no cuentan más con mano de obra golondrina ya que todas esas personas prefieren y optan por quedarse en su país a trabajar, les resulta mucho más conveniente, o sea que tienen clara noción de que en el futuro dependen exclusivamente de su familia”.

En cuanto a la visualización de las consecuencias del trabajo infantil, ahí sí que hay mucho por hacer, de hecho es el mayor desafío a la hora de pensar un frente unido entre el Estado a través de la Subsecretaría de Trabajo y Seguridad Social y el sindicato ladrillero. “Son ayudas”, sostienen en su mayoría los cabezas de familia, pero es evidente que la justificación es parte de todo lo que hay que empezar a controlar para erradicar. Y es que, en efecto, la cuestión climática es extrema, al menos en Mendoza. Si bien hay una época óptima para la producción de septiembre a abril, en la provincia se produce todo el año, aunque haya frío, humedad o lluvia. Ni hablar de la intensidad del calor del sol en verano.

Soluciones. “No se pueden cometer los mismos errores de la reconversión vitivinícola de los ’90”, sostiene Alaniz. La prevención tiene que ver con el avance de iniciativas oficiales que implican el traslado de los hornos ladrilleros a Jocolí o al Parque Industrial, lo cual en principio habla de una idea importante de reconversión y de desarrollo, donde lo que no puede pasar es que sólo unos pocos se vean beneficiados. En la década del ’90 sucedió algo similar, se planteó la necesidad de erradicar los viñedos comunes y reemplazarlos por varietales, lo cual abrió paso a una industria próspera, con prestigio, pero como dice Alaniz “también algunos pudieron continuar con sus cultivos de vid común para el destino del mosto y habrían encontrado allí una forma de ganarse la vida que no tuvieron ya que en definitiva también había una intencionalidad de concentrar la industria”. 

“La transición hacia un futuro industrial es inevitable”, sostiene Alaniz, quien está convencido de que la reconversión o el desarrollo tiene que venir de la mano de soluciones propias de la economía social, donde es desde abajo que surge una determinada manera de organizar la tarea. “Hoy el desafío pasa por constituir unidades económico-productivas, es posible lograrlo, claro que previo a eso hay que entender las distorsiones que suelen afectar a los distintos actores que intervienen en la cadena de valor, no es lo mismo el que corta que el que tiene el horno ni el que es dueño de la tierra. Y si además resulta que hay subcontratista, como pasa en la mayoría de los casos, o los tiempos exigen salir a contratar gente de acuerdo a la normativa, entonces ya la capacidad de hacer acuerdos económicos se ve afectada. Lo lógico sería encontrar la vía para transitar de manera asociada hacia unidades económico-productivas con capacidad para competir con los empresarios que ya están condiciones de irse a producir a Jocolí o al Parque Industrial”. 

Según un informe del Ministerio de Trabajo de Buenos Aires, para que cualquier implementación pueda funcionar sin inconvenientes, es necesario que haya normas que las respalden. Desde el punto de vista de lo mecánico lo ideal sería la instalación de hornos para quemar el adobe a gas, tal como se realiza en el Estado de México y en el predio de Parques Ladrilleros protegidos por el Estado. Es imprescindible contar con un ordenamiento territorial adecuado donde la idea es que los parques tengan una distancia mínima de 5 km de las áreas urbanas, cerca de rutas de acceso para permitir la entrada y salida de cargas que no interfieran con otras actividades.

Como no es compatible con la cercanía a viviendas familiares, es una actividad que no se puede realizar en un medio urbano, por lo que las viviendas quedan excluidas del predio del parque ladrillero, facilitando medios de transporte. Al presentar un trazado planificado del que resultan un número determinado de lotes, permite que cada ladrillero desarrolle su producción en su parcela. Puede haber en el Parque Ladrillero diferentes personas físicas o jurídicas: un microemprendedor, o una pequeña empresa con varios empleados, o un consorcio de micro, pequeños y medianos productores.

Como en el Parque Ladrillero no se realiza extracción de la materia prima, los yacimientos serían explotados mediante canteras que deben ser aprobadas por la autoridad de aplicación (municipio, provincia o Nación). Para el abastecimiento de materias primas se debe prever la explotación de yacimientos de materiales arcillosos y áridos en las cercanías. La cantidad de establecimientos y el potencial de producción de cerámica roja (ladrillo y afines) tienen que estar en relación a la cantidad y calidad de los recursos minerales de la zona. Debe existir una demanda de estos bienes, dada por la presencia de un conglomerado urbano, en un radio que permita afrontar los costos de flete y que lo haga viable económicamente, o que el transporte (camión o acoplado) sea de propiedad del Parque Ladrillero.

Las ventajas del establecimiento de un Parque Ladrillero son:

- Reordenar y jerarquizar la actividad industrial. 

- Permite reunir en un solo predio a los productores.

- Relocalizar productores instalados inadecuadamente.

- Obtiene la habilitación municipal en forma automática.

- El agrupamiento físico de productores permite compartir las obras de infraestructura y mejoras en las instalaciones, que realizan el sector privado o estatal (la construcción de caminos, instalación de fuerza motriz, abastecimiento de agua, comunicaciones, así como acciones referidas a servicios en común: acopio de materias primas, uso de hornos eficientes, autoelevadores, vehículos, entre otros).

- Se puede incorporar programas de mejoramiento de calidad, capacitación para una mayor productividad.

- Elimina la competencia desleal porque los precios se mejoran por la aplicación de técnicas de comercialización conjuntas.

- La sociedad se beneficia, pues la actividad se realiza en una forma totalmente transparente y legal (social, laboral, seguridad, higiene, impositiva).

- El reordenamiento permite transparencia de industriales para lograr créditos blandos de los bancos.

- Posibilitará al empresario ser proveedor del Estado nacional, provincial o municipal para la construcción de los planes de vivienda y obras públicas.

- Los empresarios encontrarán en el Parque Ladrillero las mejores condiciones para desarrollar su negocio en forma sustentable; también desalienta la actividad donde el ordenamiento territorial del municipio no lo permita.

- En el ámbito de un Parque Ladrillero, la cercanía física de los productores hace viable la incorporación, por ejemplo, de un horno con una escala de producción y tecnología que permite minimizar fuertemente la emisión de contaminantes y fundamentalmente lo más palpable en el bolsillo, la economía de combustible, aunque los pequeños productores individualmente difícilmente puedan avanzar en estos aspectos.

El foco de la idea es la factibilidad técnica de compartir infraestructura, maquinarias y procesos, mejora para una mayor productividad y progreso sustentable. Varios productores pueden usar un horno eficiente y no necesariamente tienen que tener un vínculo contractual estrecho, es mejor, pero no es imprescindible: dos productores pueden ser socios, pero al estar a kilómetros de distancia uno del otro no podrían compartir ni una pala. El otro aspecto ambiental importante es el impacto negativo de la extracción de materias primas. Si una veintena de ladrilleros desparramados hacen pozos para sacar tierra de cualquier lugar se produce en el corto y mediano plazo el estropicio que conocemos hoy.

Por otro lado, la explotación de una cantera en forma racional con el correspondiente informe de impacto ambiental, la explotación planificada, la remediación de los cambios del paisaje, con la utilización de máquinas y vehículos adecuados, no puede ser abordada por un pequeño productor. Luego, y aun cuando la cantera sea única y los productores se encuentren dispersos, esto también encarece y dificulta el abastecimiento. Distinto es si el lugar de acumulación es único, en el Parque Ladrillero, pudiéndose acumular la materia prima para varios meses de producción, como corresponde desde el punto de vista técnico.

Radiografía del ladrillo. La producción de ladrillos de Mendoza se incrementó en los últimos ocho años debido al auge de la construcción, posicionándose como un polo proveedor para toda la provincia y la región por la demanda de las empresas constructoras y los particulares. Este crecimiento de la actividad de la construcción impactó directamente en la producción artesanal del ladrillo que se fabrica en Mendoza, particularmente en el distrito de El Algarrobal, el cual presenta escasos niveles de formalización laboral y controles ambientales.

Desde sus comienzos hasta la actualidad, la producción de ladrillos de El Algarrobal ha sido artesanal debido a que las fases del proceso productivo se realizan sobre la base de prácticas tradicionales e infraestructura precaria. El área de producción de ladrillo en el departamento de Las Heras se encuentra en el distrito de El Algarrobal, comprendido entre la calle Lavalle, al norte; canal Cacique Guaymallén, al sur; Aristóbulo del Valle, al oeste; y límite distrital al este.

Las ladrilleras artesanales utilizan combustibles de alto impacto ambiental, como la leña, en hornos de baja eficiencia energética, contribuyendo a la contaminación del aire y a la deforestación y afectando la disponibilidad de agua. Además, los hornos de ladrillos coexisten con espacios para el uso agrícola. Por lo tanto, dado que el suelo desaparece por ser la materia prima del ladrillo, El Algarrobal vive un proceso de degradación y desaprovechamiento de sus suelos. Por ello, la producción de ladrillos de la zona no es un proceso de producción sustentable.

A esto se suma que la reglamentación vigente no contempla el gasto del suelo como un impacto tanto o más serio que la polución atmosférica. Para instalar un horno en la zona establecida por el Municipio de Las Heras, sólo basta obtener un permiso municipal (Ordenanza 153/98).

Según sus características y volumen de producción, los hornos ladrilleros de El Algarrobal pueden clasificarse en microempresas (80%), pequeñas empresas (17%) y grandes hornos de ladrillos (3%). En ellos se realizan tres o cuatro quemas al año, aunque, como se mencionó, la mayor producción se da entre septiembre y abril, cuando los hornos funcionan al 100% de su capacidad.

Entre las microempresas se encuentra el hornero que es propietario del cuerpo del horno. Sin embargo, en un terreno o propiedad puede haber varios ladrilleros (o propietarios de hornos). La tierra donde se instalan los hornos pertenece a antiguos agricultores o a grandes productores y acopiadores de ladrillos, que la alquilan por un canon o porcentaje de la producción. Los propietarios suelen alquilar las tierras mediante un contrato verbal informal, sin tener en cuenta las normas jurídicas vigentes para la formulación de los mismos. Dicho trato “de palabra” consiste en que los propietarios se  queden con un porcentaje de la producción del total producido en cada horneada (pueden llegar hasta 50.000 ladrillos) en concepto de pago por el daño irreversible que sufren sus tierras (pozos que deberán ser rellenados o quedarán así). En palabras de un entrevistado en el informe de UNICEF: “…los propietarios tratan que los ladrillos sean de primera y segunda, no aceptando en forma de pago ladrillos de tercera o descarte, ya que esto, aducen, es el riesgo comercial que corre el hornero; lo más importante es alquilar sus parcelas de tierra a horneros experimentados, para alcanzar una mayor calidad de producción y, por ende, mayor rentabilidad”.

En muchos casos los habitantes de la zona no conocen siquiera a los dueños reales de los terrenos donde se emplazan los hornos, ya que es habitual que haya una sola persona encargada de supervisar la producción, que es con quien tratan los trabajadores o dueños de hornos. Este, que se convierte en contratista o mediero, recibe como paga un porcentaje de la producción. Cabe aclarar que casi siempre el pago y la moneda de cambio lo constituyen los mismos ladrillos.

A pesar de que el auge de la construcción ha incrementado la actividad de los hornos de ladrillos, la informalidad y la precariedad la siguen caracterizando. La mano de obra requerida no es especializada, lo que genera una gran disponibilidad de trabajadores.

09.10.2013
     
Tratamientos con células madre
Contra el engaño
El Deportivo Papa Francisco
Los Santos de Luján
ADEPA salió a defender a Massot
La Omertá de la tinta
Editorial: tratamientos con células madre
Tráfico de falsas esperanzas
El mapa sindical que se viene
Cortocircuitos post paro
El macrismo avanza en los tribunales
Justicia por mano propia
Rosario. El megaoperativo del gobierno nacional busca poner fin a la violencia
Ciudad en calma
La música de Favio volvió a Mendoza
Sinfonía del sentimiento