Norberto Galasso cuenta a Hipólito Yrigoyen

“Fue una figura de una ética incorruptible”

Por Franco Mizrahi
17.07.2013
     

A 80 años de la muerte del líder radical, el historiador revela aspectos misteriosos de su vida. La relación con las mujeres. Las convicciones. Las contradicciones. Los paralelos con Perón.

Foto: Pablo Stubrin

El 3 de julio pasado se cumplieron 80 años de la muerte del líder radical Hipólito Yrigoyen, el primer presidente de la Nación elegido por sufragio universal y secreto (masculino, ya que la mujer recién pudo votar a un primer mandatario en 1951). Revolucionario y conspirador, antes de llegar a la Casa Rosada, en 1916, fue comisario de Balvanera cuando contaba 20 años, maestro por más de dos décadas –lo exoneraron por liderar la frustrada revolución de 1905– y diputado, además de terrateniente. Pero usó su fortuna de una forma muy particular: para financiar el derrocamiento del régimen oligárquico. En diálogo con Veintitrés, el historiador Norberto Galasso, quien acaba de publicar la biografía Don Hipólito (Colihue), lo definió como “una figura muy singular con características y rasgos muy propios. Por algo, (el historiador Manuel) Gálvez lo llamaba el ‘hombre del misterio’. Porque hay varios aspectos misteriosos en su vida”.

–¿Como cuáles? –preguntó este cronista.

–Él sostenía que era un revolucionario y que como tal no debía constituir una familia. Se enamoró de Antonia Pavón, tuvo con ella una hija, Elena, que fue la única que lo acompañó en la prisión hasta el fin, en los años ’30. Pero no se casó con Pavón ni reconoció legalmente a Elena. Al poco tiempo se enamoró de Dominga Campos, con la que tuvo cinco hijos extramatrimoniales a los que tampoco reconoció. Tampoco se casó. Después alquiló un campo que era del escritor Cambaceres, que había fallecido, y estaba en poder de su viuda, de quien se enamoró. Tuvo dos hijos más con ella a los que tampoco reconoció. Estos son algunos aspectos de su vida privada pero también hay otros que no se conocen demasiado. Gálvez dice que Yrigoyen llegó a ser millonario. En realidad llegó a ser un productor agropecuario con campos importantes, de invernada. Pero cuando hacía una revolución, como la de 1893 o la de 1905, los vendía para pagar las armas y para mantener a las familias de los detenidos por la revolución. Además mantenía a sus propias familias extralegales. Es curioso que haya tenido campos de invernada, que eran la base sustancial del sostenimiento de la oligarquía pro-británica. Entre otras particularidades, no daba discursos, se negaba a hablar por teléfono y a ser fotografiado.

Según describió Galasso: “Yrigoyen fue una figura casi mística, de una ética incorruptible. Le ofrecieron embajadas, ministerios, cargos de todo tipo para que levantase la abstención y legitimase al régimen fraudulento, antes de 1916. Y rechazó todo. Trabajó más de 20 años como profesor y donó los sueldos. También donó los sueldos de presidente de la Nación. Vivió muy modestamente. Tuvo una vida muy austera. Vivía para la política. Así se convirtió en líder de un movimiento nacional, democrático y popular con una orientación latinoamericana”.
Distinta fue su relación las mujeres. En Don Hipólito, el historiador cita a Alicia Moreau de Justo, que tuvo a Yrigoyen como profesor y lo cierto es que no lo recuerda muy épicamente. “Era medio picarón, en el sentido de que conversaba demasiado con las alumnas –aseguró Galasso–. Moreau de Justo da a entender que ella no le llevó el apunte pero una amiga de ella sí y tuvo un hijo con él”.

–En aquellos años, Yrigoyen todavía estaba muy unido a su tío, Leandro N. Alem…

–Sí. En realidad, fue el tío quien lo llevó a la política, el que consiguió que lo nombraran comisario y luego diputado. Yrigoyen fue diputado alsinista (autonomista) y por su antimitrismo se acercó a Roca. Pero como no le gustaban las maniobras a las que era muy afecto el general, por algo lo llamaban “el Zorro”, se apartó de la política. Cuando volvió, en 1890, ya tenía algunas contradicciones con Alem. Yrigoyen creía que su tío era incapaz de construir algo, creía que se necesitaba ser muy serio, entregarse a la causa militante, tener valores esenciales, no podía ser organizador un tipo que por ahí se sobrepasaba en la cultura alcohólica. Finalmente rompieron. Hay una frase de Alem bastante fuerte: “Los radicales conservadores se irán con Bernardo Irigoyen (un estanciero que venía de la época de Rosas); los otros radicales se irán con los socialistas; la canalla de Buenos Aires se irá con el pérfido traidor de mi sobrino, Hipólito Yrigoyen, y nosotros, los verdaderos intransigentes, nos iremos a la mierda”.

–Por los proyectos que tenía, ¿considera que Yrigoyen fue un vanguardista?

–Puso en marcha cosas importantes. La Reforma Universitaria en su momento fue muy importante porque las universidades estaban en manos de la reacción. En Córdoba, por ejemplo, los profesores de medicina se negaban a que los alumnos trabajaran con cadáveres por una cuestión religiosa. Con Yrigoyen también se produjo el acceso de la clase media al aparato del Estado. Hubo muchas cosas que los radicales no reivindicaron como la neutralidad en la Primera Guerra Mundial. Al negarse a apoyar a Inglaterra y Estados Unidos se puso en contra a todos los partidos e intelectuales. Él consideraba, en la mejor tradición de los revolucionarios, que la guerra era una lucha por mercados y no una lucha entre la civilización y la barbarie o entre la democracia y el totalitarismo.

–¿El líder radical siguió siendo un revolucionario en el gobierno?

–Él se consideraba el padre de los pobres, el defensor de la causa que tenía enfrente el régimen oligárquico. En ese sentido era una expresión de movimiento nacional. Pero ese movimiento nacional estaba constituido por inmigrantes e hijos de inmigrantes, es decir, que no iba más allá de un planteo agrario. Yrigoyen no entendió nunca la necesidad de una industria. El del radicalismo es un nacionalismo agrario. Por eso a los radicales les costó entender la relación con los sindicatos y con la industria. Fue su punto débil. Eso hizo crisis en la Semana Trágica y en la represión en la Patagonia.

–¿Cómo explica la contradicción de Yrigoyen de ser un adelantado en ciertos aspectos y, a su vez, el protagonista de esas dos feroces represiones?

–Yrigoyen era un hombre nacido en 1852, cuando la cuestión social en la Argentina no se manifestaba con la envergadura que tuvo cuando se produjo la inmigración, cuando vinieron anarquistas y socialistas. Ese problema lo desbordó. Los socialistas y los anarquistas no entendieron, tampoco, la importancia del yrigoyenismo, a excepción de los anarquistas portuarios y los sindicalistas no comunistas. En la Semana Trágica hubo entre 400 y 700 muertos, fue un manchón muy grave en la historia del radicalismo. Y en el Sur hubo una represión terrible que parece exceder los mil muertos. Los peones pedían reivindicaciones mínimas pero se los vio como si fueran el fantasma de la revolución rusa. Sin embargo, a pesar de esos dos grandes baldones que quedan en la historia del radicalismo, cuando Yrigoyen se presenta a elecciones en 1928 gana con más del 60 por ciento de los votos. Y cuando muere hay una manifestación impresionante que es solamente comprable a la que va a producirse cuando mueren Evita o Perón. Yrigoyen tiene que ser profundamente criticado por la represión pero tiene sus aspectos contradictorios, que cuando se simplifica mucho la historia resultan inexplicables. Yrigoyen, por ejemplo, fue el que le dio, en 1928, el indulto a Simón Radowitzky, el anarquista que le había puesto la bomba a Ramón Falcón. No iba a las galas del Teatro Colón y la clase alta dijo de él las peores cosas. El diario La Prensa, al terminar su gobierno tituló: “Se acabó el mal olor en la Casa de Gobierno”, por la gente que lo visitaba. Creo que le pasó lo que les pasa a los movimientos populares: que los grandes diarios lo criticaron porque están al servicio de las grandes corporaciones.

–Justamente, ¿cómo era su relación con los diarios de la época?

–El único diarito compañero de Yrigoyen fue La Época. La Nación y La Prensa dijeron las peores cosas. La Fronda, por ejemplo, fue a buscar la partida de nacimiento de Yrigoyen y encontró que los padres no firmaron porque eran analfabetos, entonces sacaron un número especial y en tapa pusieron: “Así tenía que ser: analfabeto de padre y madre”. El diario Crítica también le hizo la vida imposible. Él aceptó esa situación y no clausuró ningún diario. Fue leal a su concepción democrática, que resulta peligrosa cuando el enemigo es muy poderoso porque facilita que la reacción vuelva al poder.

–Y fue lo que pasó.

–Sí, de una manera curiosa que se ha simplificado también. La mayor parte de las Fuerzas Armadas estaban con el gobierno legal. El general retirado José Félix Uriburu levantó el Colegio Militar y el general Justo, que no era de la línea nacionalista de derecha de Uriburu sino de la línea liberal oligárquica pro inglesa, movió pocos sectores del Ejército. En el arsenal de Pichincha y Garay se encontraron los principales jefes miliares que tenían comando de tropa esperando la orden de Yrigoyen de reprimir. Enfermo y octogenario, lo único que decidió Yrigoyen fue delegar el mando en el vicepresidente e irse al Regimiento VII de La Plata. Cuando llegó le informaron que el vicepresidente había entregado la Casa Rosada a Uriburu. Después lo llevaron a Martín García donde vivió en condiciones muy inhóspitas. Es bueno recordar que la Corte Suprema, que ahora tiene tanta actualidad, legitimó el golpe, cuando a un presidente hay que sacarlo por juicio político.

–¿Qué semejanzas y diferencias encuentra con Perón, a quien usted también le dedicó una obra biográfica?

–Encuentro que Yrigoyen tiene una gran sensibilidad popular. Perón construyó su movimiento desde la Secretaría de Trabajo. Yrigoyen lo construyó desde el misterio. Construyó en la provincia de Buenos Aires una fuerza desde el trato común. Y entregó su vida a luchar contra el régimen. No tenía un lenguaje llano como el de Perón. Fue una figura con características muy propias. Era un hombre solo, quizás en la soledad tenga una vinculación con Perón, que a pesar de ser un caudillo popular era un hombre solo, salvo cuando tuvo la relación con Evita. Me refiero a la soledad en el sentido afectivo profundo.

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