Teatro. Elocuente vigencia del teatro de Strindberg

Débiles y poderosos

Por Por Luis Mazas
15.02.2012
     

Señorita Julia
De August Strindberg. Versión de Enrique Papatino. Dirección: Marcelo Velásquez
Con Gustavo Pardi, Josefina Vitón y Paula Colombo
Los viernes a las 21 y domingos a las 19 en El Extranjero, Valentín Gómez 3378. Entrada: $ 60

Por Luis Mazas

Todo puede suceder en la noche de San Juan. Las pasiones se liberan y arden abrasadas a la pasión de otros, hasta prevalecer su propio fuego. En Señorita Julia, del sueco August Strindberg, este encuentro salvaje de ambiciones individuales emboza la lucha de opuestos sin cuartel; sexo contra sexo, clase contra clase, sometedores contra sometidos. Hombre y mujer frente a frente. Tras la caída de las prerrogativas de clase, cuando llegue el alba, será imposible volver atrás; habrá que aceptar el destino. En 1888, Strindberg, uno de los padres del teatro moderno, produce un momento-bisagra del teatro europeo finisecular. Srta. Julia, como El padre y Acreedores, rompe la tradición romántica del teatro sueco. Nace el “teatro íntimo”, de pocos personajes. Aquí tres que son cuatro, con la omnipresencia ausente del conde, insoslayable para movilizar la parálisis atávica. La vigencia de Señorita Julia replica en las eternas contradicciones del ser humano; su falta de bondad esencial; la salvaje lucha de clases sobre la que alertaba Marx.

La versión de Enrique Papatino se centra en la segunda parte de esta pieza en un acto, tras la degradación de Julia al nivel de su criado. En ese momento hemos entrado en la intención del adaptador. Los tres personajes –aristócrata voluble, criado arribista y cocinera ortodoxa– se muestran ora lucidos ora confundidos, inestables en sus posturas. Julia y Juan reiteran la tormenta de cerebros escindidos entre la pasión y la ambición. Uno y otro, necesitados de una palabra habilitante que les indique qué hacer. La razón domina excluyente a la pasión, en la cuidadosa dirección de Marcelo Velásquez. Josefina Vitón se muestra seductora y convincente como Julia, en tanto la contención de Paula Colombo concurre a su muy bien resuelta criada. La balanza acaso se desnivele por la intensa presencia de Gustavo Pardi como un sólido Juan (servido con excelentes armas actorales) que pasa a constituirse en el protagónico más atractivo y rotundo. En algún caso, el abordaje “traiciona” en parte la intencionalidad de Strindberg, para seguir siendo, paradójicamente, más fiel a sus lecturas colaterales.

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