Homenaje

Los esclarecidos del 17

Por Dante Augusto Palma
02.11.2011
     

La desconfianza hacia las mayorías que pregonan las vanguardias progres que escriben para el diario de Mitre, hace imposible distinguir entre democracia y demagogia.

Platón. Un fuerte crítico del gobierno de las mayorías, una filosofía retomada por algunos comunicadores locales contemporáneos.

Mientras buena parte de los que pronosticaban un cambio de época todavía balbucean explicaciones para dar cuenta de la elección ganada en primera vuelta con una diferencia de 37 puntos sobre el segundo y tras ocho años en el poder, su desconcierto no obtura la desfachatez de seguir intentando construir sentidos. Más allá de los nombres propios y argumentaciones específicas, me interesa hoy profundizar en la conceptualización de democracia que tienen aquellos que se dicen sus principales referentes frente al aluvión populista de corruptos y desdentados adictos al fútbol para todos en “jai definiyon”. Se trata, evidentemente, de presupuestos demasiado interiorizados pues son capaces de resistir la vehemencia y la sorna con que la realidad muchas veces se les presenta; y por si esto fuera poco, tales presupuestos son utilizados como variables explicativas de extrema simplicidad para dar cuenta del proceso que se vive en la región latinoamericana desde hace ya una década. Veremos así la forma en que se busca equiparar democracia a demagogia y el modo en que muchas acciones de los gobiernos populares son interpretadas como parte de una estrategia de utilización de buenas causas para el fin espurio de eternizar a hombres y facciones en el poder.

Digamos, por empezar, que entre tantos oropeles, rictus incómodos y verborragias vacías con oficio, si nos restringimos a nuestro país, hay una idea simple: no hay buenas razones para apoyar al Gobierno. Hasta hace un año las opciones eran dos: o bien se lo defendía de manera egoísta porque en lo personal a la gente le iba bien económicamente o bien se era faccioso y se recibían prebendas en forma de asistencialismo para pobres, o sueldos del Estado para intelectuales “del poder”; a esto se le puede agregar una nueva opción enmarcada en la operación que buscará la victimización en torno a la presunta hegemonía del poder gubernamental que todo lo controla, incluso los medios. Esta tercera variable indica que puede que la gente sea engañada por un aparato de publicidad perfectamente diseñado que ha impuesto un modelo basado en la impostura.
Sin duda que puede que esto sea así y quizás un gran porcentaje de argentinos esté hipnotizado por el “efecto luto”. Además no se trata de defender las decisiones de las mayorías por sí mismas pues a lo largo de la historia muchas veces las mayorías se han equivocado. Pero también las minorías esclarecidas lo han hecho y quienes adviertan sobre las debilidades de las decisiones mayoritarias tendrán que exponer, si son honestos, las dificultades que sus pensamientos aristocráticos y vanguardistas poseen.

Para comprender mejor esto remitámonos a la discusión en torno a la democracia ateniense entre Sócrates y Platón por un lado y el pensamiento sofista por el otro. Platón era un fuerte crítico de la democracia pues se trataba del gobierno de la mayoría, lo que para él no era otra cosa que la masa de pobres e ignorantes. De aquí que en su modelo de república ideal postule la necesidad de que quien debe gobernar es el filósofo, pues es el que sabe. Para el discípulo de Sócrates, el espíritu de época del siglo de Pericles, caracterizado por la ampliación de ciudadanía democrática y la irrupción de los sectores medios a la vida pública, podía condensarse en la figura de los sofistas, esos profesores que cobraban por sus lecciones y que enseñaban, entre otras disciplinas, el arte de la retórica. Para escándalo de Platón, sofistas como Gorgias o Protágoras se encargaban de mostrar que no existía la verdad absoluta en el ámbito del conocimiento y menos en la política. No había propuesta política más verdadera sino más persuasiva, esto es, con mayor capacidad para convencer auditorios. En términos de Platón, entonces, los sofistas se manejaban en el reino de la apariencia, que siempre es engaño pues nunca mostraban las cosas tal como son. De aquí que frente a esto, los filósofos reivindiquen el reino del ser, lo que verdaderamente es y que se encuentra detrás de todas las maniobras que seducen a la masa ignorante tan bien retratada en los prisioneros de su caverna. Pero políticamente los sofistas ya se habían transformado en los asesores principales de los gobernantes democráticos, lo cual era interpretado por la mirada aristócrata del filósofo como una estrategia en la que a través de consejos demagogos conseguían granjearse el apoyo popular. Sin dudas, lo que subyace a esta idea es que las mayorías siempre eligen equivocadamente pues lo que las caracteriza es la irracionalidad, el corto plazo y la emoción. La minoría “ilustrada” no se deja endulzar por el canto de sirenas de la demagogia.

Ahora bien, la pregunta es qué tipo de consejos daban los sofistas. La historia oficial, aquella contada por sus enemigos, afirma que ellos sugerían darle al pueblo lo que el pueblo quería más allá de que el objeto del reclamo podía ser nocivo para ellos mismos. Desde el punto de vista platónico, entonces, el sofista no buscaba el consejo verdadero ni bueno pues muchas veces las decisiones que se toman a favor del interés general resultan, en el corto plazo, antipáticas para el pueblo y, por lo tanto, contrarias a los deseos del líder democrático. Aunque resulte extraño, esta mirada aristocrática supone que sólo es el que sabe el que puede darle al pueblo lo mejor aun cuando este no se dé cuenta del beneficio, y, desde este punto de vista, pareciera que no hay diferencia entre democracia y demagogia pues todo gobierno que le otorgue al pueblo lo que el pueblo desea, o que tome decisiones a favor de las mayorías, es tildado de demagogo. Pareciera así que la decisión que favorece a mayorías está sospechada desde un principio pues siempre es vista como escondiendo la estrategia maligna del líder populista que sólo busca la perpetuación en el poder.

Este recelo ante la democracia es el que hace que aun los intelectuales aparentemente más anarco-transgresores de la Argentina lean el manual de la Constitución norteamericana en el que las dudas acerca de las decisiones del pueblo suponen la creación del equilibrio de poderes republicano; la existencia de un poder contramayoritario de jueces encargados de velar por la Constitución y que no es elegido a través del voto popular; y un sistema representativo que es el que, finalmente, toma las decisiones y puede hacerlo aun de espaldas al pueblo.

Asimismo, como desde Aristóteles la razón para evaluar a un gobierno tiene que ver con si sus decisiones apuntan o bien al interés general o bien al interés del gobernante, en la actualidad, los hermeneutas de la realidad política psicologizan las decisiones para encontrar razones autointeresadas en toda determinación que favorezca a las mayorías. En otras palabras, ¿quién determina si una decisión, por ejemplo, la asignación universal, está hecha con vista al interés general o es una estrategia clientelística para ganar votos? En la tradición platónica, sin duda, la respuesta es “el filósofo”, aquel que conocía la realidad y la verdad, y que era el que podía determinar la bondad de la acción por estar en contacto con el mundo ideal. Este pensamiento aristocrático parece, insólitamente, reflotado por los intelectuales que hoy afirman ser los que reconocen que las acciones del Gobierno son demagógicas y que lo único que buscan es domesticar a la masa para seguir saqueando “la caja”. Así se dice que el gobierno peronista otorgó el voto femenino y los derechos laborales para ganar votos; o se afirma que los intelectuales y los actores apoyan al Gobierno porque aumentó el presupuesto de Ciencia y Tecnología, y Cultura, respectivamente (lo cual, por cierto, serían todas muy buenas razones para apoyar a un gobierno). También se dice que el kirchnerismo se apropió de los derechos humanos. Es extraño, pues el juicio a las juntas realizado por Alfonsín aparentemente fue por convicción republicana pero la decisión política de avanzar con los juicios y acabar con las leyes de impunidad resulta que es impostura, pan y el circo para un pueblo de imbéciles y corruptos. Dentro de poco habrá un gobierno que tomará medidas que favorezcan a toda la ciudadanía y no faltará un tontuelo que diga que lo hace para no tener oposición.

Lo más asombroso es que esta nunca explicitable desconfianza hacia las mayorías que pregonan las vanguardias progres que ahora escriben para el diario de Bartolomé Mitre, hace imposible distinguir entre democracia y demagogia. Con lo cual su propuesta parece llevar o bien a la monarquía o bien a la aristocracia que muchas veces viene en forma de republicanismo con un grupo de iluminados que nos esclarecen sobre lo que es bueno para nosotros mismos desde la tribuna de un diario que considera que la verdad está al alcance de unos pocos. Así, al 17 de octubre de las mayorías aparentemente hipnotizadas por “el tirano”, ellos le contraponen su propio 17: el 17 por ciento de la minoría sabia, con convicciones e incorruptible que votó a Binner en las últimas elecciones.

02.11.2011
     
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