Mirar hacia otro lado cuando todo el mundo apunta y centra su atención en determinado lugar es, siempre, una ética interesante desde la cual construir un hecho artístico. Por eso el nombre de Suzanne Vega puede aparecer junto al de Madonna, Michael Jackson y otros referentes de la música pop de los ’80 con los que, en principio, no comparte nada: porque en el mismo momento y hasta en la misma ciudad está mirando otra cosa. Y en la continuidad de su mirada está la unicidad de su obra. Sus ojos pueden ser los de una cronista feroz, una mujer frágil e hipersensible, una moderna flaneur neoyorquina o una trovadora del siglo XIII, pero nunca apartan la mirada de lo que luego, con una guitarra en las manos, se va a ocupar de transmitir su voz. A veintiséis años de su disco debut, Vega lanza los dos primeros volúmenes temáticos (Love Songs y People & Places) de una edición que compila parte de su obra con nuevos arreglos que ponderan el texto, su voz y unas preciosas guitarras que acompañan. Todo bien cerca, con los sonidos al lado de nuestros oídos, con el “grano” de su voz cantándonos a una persona que es el paisaje, un paisaje que evoca a alguien, el límite sutil entre la amistad y la pasión, el acontecer diario de una ciudad, infancias brutales y felices, una conversación sobre los recuerdos, el paso del tiempo en un café. Porque no es que el mundo no cambia sino que “los grafittis se borraron pero las paredes siguen quejándose”.